La República

La República de Bolivia

La clase letrada del territorio independizado pensó en una república autónoma. El destino fue cumpliendo al punto ese anhelo, el 6 de agosto de 1825 se proclamó solemnemente la Independencia, y por leyes de 9, 11 y 13 del mismo mes se constituyó la República Bolívar, con la forma unitaria de gobierno, habiéndose fijado los símbolos y la moneda. Desde el 3 de octubre de 1825, la flamante República se denominó de Bolivia. Simón Bolívar fue declarado Padre de la Patria y su primer presidente. Al partir al Perú, Bolívar prometió enviar el reconocimiento del nuevo Estado por parte de aquella nación y un proyecto de Constitución. El Libertador cumplió su promesa. En el consenso americano, la nueva República resultaba encantadora. Bolívar lo dijo: Tiene para mí un encanto particular. Primero su nombre y después sus ventajas, sin escollo; parece mandada hacer a mano. Así nació la pequeña maravilla republicana que hubo de dedicarse inmediatamente a su organización. En la inauguración del Congreso, los diputados eligieron una Mesa directiva que quedó formada así: José Mariano Serrano, presidente; el clérigo José María Mendizábal, vicepresidente, y Angel Mariano Moscoso y José Ignacio de Sanjinés, secretarios, alejado Bolívar, Antonio José de Sucre recibió el mando supremo por parte de la Asamblea Constituyente (26 de mayo de 1826), aunque es cierto que ya lo ejercía por delegación del Libertador; luego fue su presidente constitucional, cargo que aceptó con reservas y límite de tiempo. Su dura tarea consistía en organizar la nueva República. Dividió el territorio en cinco departamentos: Chuquisaca, La Paz, Potosí, Cochabamba y Santa Cruz. Dejaba un derecho expectante para 0ruro. Hizo el censo de personas y propiedades, organizó y reglamentó colegios de ciencias y escuelas primarias e impuso las leyes de inmigración.

Salieron los primeros órganos de prensa; el 3 de febrero de 1825, El Chuquisaqueño; en noviembre del mismo año, El Cóndor de Bolivia; antes había circulado La Gaceta de Chuquisaca. Colaboraron con él Facundo Infante, Agustín Geraldino, Bernabé y Madero. Pero pronto comenzó a saborear también las primeras hieles: el Clero se oponía a su organización escolar, los altoperuanos no respondían a su confianza, y le escaseaban los fondos para la hacienda pública. El proyecto de Constitución, que se llamó vitalicia, porque atribuía el Poder, de por vida, a una sola persona irresponsable, fue considerado cuidadosamente. Sumáronse las dificultades, y una ola antibolivarista amenazó a Bolivia.

Hasta que llegó el 18 de abril de 1828, cuando se amotinaron los Granaderos de Colombia e hirieron con bala en un brazo al Mariscal de Ayacucho. Comenzaba el drama de la ambición en América, fenómeno del que no podía escapar Bolivia. Se inauguraban los cuartelazos, sin fin, sin tregua, que habían de durar más de un siglo.

La Confederación Perú – Boliviana

No tardó el general peruano Agustín Gamarra en invadir Bolivia con pretexto de prestar custodia al Mariscal de Ayacucho. Misteriosamente murió el presidente Pedro Blanco (1828) en su prisión. Con gallardía y ojo avizor preparó el mariscal Andrés de Santa Cruz (1829 – l839) los días gloriosos, pero efímeros, de la Confederación Perú – Boliviana, que equivalía al trasplante de masas, ejércitos y anhelos político – jurídicos de un territorio a otro, del Alto al Bajo Perú. Y lo que un día tuvo ardor volcánico, al cabo del tiempo trocóse en cenizas. El admirable dominador de las dos Repúblicas confederadas se convirtió en el desterrado de los días sin fortuna ni recuerdo, el docto estadista de los códigos y las reglamentaciones institucionales pasó a ser el majadero a quien se envía, irredento, a tierras de Europa. Y Bolivia tuvo que pasar largo tiempo cuidándose de la codicia del usurpador que había en el peruano Gamarra; revisión de tratados, delimitaciones provisionales, amagos de guerra, y cuidándose también de su política exterior con Argentina y Brasil. El tirano Juan Manuel Ortiz de Rosas no veía con simpatía el asilo altruista que Bolivia ofrecía a sus víctimas. El Brasil miraba con ojos indecisos aquello que, recónditamente, guardaba para un futuro gran imperio.

Muy pronto, el mariscal Santa Cruz, dominando al Perú, luego de firmado el Pacto de la Confederación, en mayo de 1837, en Tacna, fue nombrado Protector de los tres Estados: el Norperuano, el Surperuano y Bolivia. No pudo ser aceptado ese peligro continental y Argentina y Chile lanzaron sus ejércitos contra el mariscal. Los mismos bolivianos no acataron enteramente el ideal crucista y opusieron sus reservas. Pero Santa Cruz desterró a senadores, cerró aulas universitarias y obtuvo que un Congreso reunido en Cochabamba en 1838, llamado la Canalla Deliberante, aprobara el Pacto confederativo. Caído en desgracia, Santa Cruz fue desterrada y murió cerca de Nantes (Francia) en 1865. Un hombre grande, un ideal ambicioso y un intento confederativo cayeron al abismo.

La gran batalla de Ingavi

Presidente de los peruanos, Gamarra, alentado por designios secretos, invadió Bolivia. Inmediatamente, José de Ballivián Segurola precipitó todos los complejos rebeldes y logró hacerse proclamar presidente de la República, pues allá por 1841 había tres Gobiernos; uno legítimo en Chuquisaca, presidido por José Mariano Serrano, que suplía a José Miguel de Velasco (1839-184o), preso por los crucistas; el de la Regeneración, en Cochabamba, y el de Ballivián, en La Paz. Ante el peligro dé la invasión de Gamarra, los Bolivianos rodearon a Ballivián y se alistaron en sus ejércitos, que, situados en las llanuras de la altiplanicie de Ingaví, retaron a los peruanos. “Los enemigos que veis al frente – dijo Ballivián a sus soldados – pronto desaparecerán como las nubes cuando las bate el viento.” El ejército de Gamarra fue aniquilado y éste muerto en el campo de batalla (18 de noviembre de 1841).

Se había consolidado, acaso para siempre, la independencia de Bolivia. Ballivián (1841-1847) desarrolló una actividad digna de un gran estadista y puso todo su talento y empeño en levantar a nivel considerable todas las instituciones Bolivianas; ejército, educación, crédito público, exploraciones tropicales, reformas en las universidades, etc. La nación comenzaba a pensar y a estudiar, a elevarse a un plano espiritual y de emulación cultural con el resto del mundo. Surgió entonces el primer diario Boliviano, La Época, en donde escribían los desterrados argentinos, hermanados a los Bolivianos, tales como Muñoz Cabrera, Domingo de Oro, Bartolomé Mitre y otros. El asilo político fue una real y evidente institución ballivianista. Caído el repúblico por la zancadilla política, marchó al destierro y murió en Río de Janeiro el 15 de octubre de 1852.

Sucesores de Ballivián

Había un hombre alerta detrás de las pisadas de Ballivián: Manuel Isídoro Belzu (1847 – 1854), llamado el Mahoma por unos, y el tata Belzu, o sea Padre, por las masas ciudadanas, que veían en él un salvador, aunque tuvo que resistir 42 movimientos subversivos, al cabo de los cuales dejó voluntariamente el Poder y patrocinó la elección de su yerno el joven general Jorge Córdova (1855 – 1857), quien gobernó apenas dos años y murió en las célebres matanzas de Yáñez, en el Loreto de La Paz; el 23 de octubre de 1861. Siguióle el ordenador y civilista José María Linares (1857 – 1860), que redujo las fuerzas del ejército de seis mil a mil doscientos hombres y a quien se dio categoría dictatorial por su energía moralizadora.

Tras un paréntesis de calma a través del gobierno del general José María de Achá (1861 – 1864), hizo su aparición en los fastos históricos la extraordinaria y discutida figura del tirano Maríano Melgarejo. Éste gobernó seis años (1864 – 1870) y despojó a los indios de sus tierras, pero se rodeó de varones ilustres que formaban contraste con su figura. Después de haber mantenido la nación en desconcertante desasosiego, Melgarejo huyó al Perú, donde halló la muerte a manos de un pariente próximo, dejando como legado actos de gobierno contradictorios, interesantes e importantes unos, pintorescos e inaceptables otros.

El general Agustín Morales, jefe de la rebelión antimelgarejista, en posesión del mando (1871 – 1872), dedicóse a poner orden en la bancarrota, y lógicamente decretó la devolución de las tierras a los indios. Luego, ejerciendo enorme influjo en las clases letradas y universitarias, asumió el Poder el general Adolfo Ballivián (1873 – 1874), hombre de maneras corteses y de hondo espíritu analítico y tolerante. Pasó ala historia como un exponente del civilismo constitucionalista. Un ciudadano de singular honestidad y patriotismo ascendió al poder entonces, Tomás Frías (1874 – 1876), a quien derrocó un militar de maneras brutales y ambición ciega, el general Hilarión Daza (1876 – 1879).

La pérdida del mar

Daza ascendió al poder en mayo de 1876, tratando de dominar rebeliones y desterrando a prestigiosos hombres de su tiempo, como Frías. En 1878 asoló a Bolivia la sequía más grande que recuerda la historia y provocó el hambre y la alteración natural de las condiciones normales del país. Entonces ocurrió lo inesperado; la guerra que Chile desencadenó contra Bolivia y Perú, y cuyas consecuencias fueron mucho más graves para Bolivia que para el Perú. Melgarejo había concedido a José Santos 0ssa, representante de la Sociedad Explotadora del Desierto de Atacama, el inaceptable derecho de explotar durante quince años todo el salitre descubierto o por descubrir en el litoral Boliviano. La Asamblea de 1871 anuló los actos de Melgarejo, y el Gobierno comenzó a construir un ferrocarril de Mejillones a Caracoles y dio a entender así cuáles eran sus privilegios. Eso fue todo; paralelos más o paralelos menos de explotación, lo cierto es que detrás de ese pretexto había la escuadra chilena del puerto del Caldera, que ocupó Antofagasta. Y, como en todas las guerras, surgieron los episodios heroicos, el impagable sacrificio de hombres como Eduardo Abaroa, la lucha contra el destino adverso, la traición y la fatiga por ganar territorios. La derrota gradual y luego el proceso de una litis larga y pesada, que duró basta 1904, minaron la estructura de un pueblo que pudo tener mejores destinos sin este escollo calamitoso.

Sin embargo, en ese episodio de la historia de Bolivia, en que un pueblo se ve colgado de las nubes y las cordilleras más altas de América, se insinúa una sola verdad inmensa e irrebatible; su ansiedad por el mar. Bolivia no nació mediterránea a la vida republicana, y todas las luces de sus universidades y claustros impulsaron la victoria de la Independencia; no podrá, pues, subsistir mediterránea. Una era evolucionada y reflexiva aproximará a los pueblos y desaparecerá esa mediterraneidad que es ultraje a la prosapia de Hispanoamérica.

Después de la retirada de Camarones, Daza fue naturalmente depuesto de la presidencia de la República. Murió asesinado más tarde, en 1894, en Uyuni.

Así terminó una etapa trágica de Bolivia, para inaugurarse otra en que todo era un afán inmenso de restañar la herida y reedificar la nación.

En esa tarea se empeñaron los gobiernos del general Narciso Campero (1880 – 1883), Gregorio Pacheco (1884 – 1888), Aniceto Arce (1888 – 1892) y Mariano Baptista (1892 – 1896), pues el corolario de la malhadada guerra significaba un trastorno moral y económico para Bolivia, que quedó dividida entre los que persistían en su apoyo al Perú, como Campero, y los partidarios de un arreglo directo con el enemigo, como Arce, cuya tesis contraria sostenía el general Eliodoro Camacho; el lema intransigente o antipacifista lo mantenía Baptista.

Progresó Bolivia porqué ahora basaba su juego político en una doctrina de gobierno; ferrocarriles, caminos, etc. De todos modos, basta el momento en que se escriben estas líneas, nada ha cambiado el destino mediterráneo de Bolivia, enclaustrada en sus fronteras y sujeta a los fenómenos de la mono – producción del estaño.

Revoluciones federal y separatista del Acre

Severo Fernández Alonso (1896 – 1899) fue el último presidente conservador que perteneció a eso que la historia denomina la era de la plata. La pasión regionalista sirvió de pretexto para la subversión liberal. Debilidad de Alonso e incapacidad de sus hombres crearon el horror de la guerra civil, por rivalidades entre el norte y sur de la República. Apenas presentada la “ley de radicatoria” en el Congreso de 1898, que obligaba al Ejecutivo a permanecer en la capital, surgieron las hostilidades. El general José Manuel Pando, Macario Pinilla y Serapio Reyes Ortiz se constituyeron en Junta de Gobierno en La Paz y estimularon el anhelo de los liberales para alcanzar el Poder. Triunfante la revolución, después de sus actos heroicos y de la trágica lucha entre hermanos, el Gobierno quedó instalado en La Paz, no sin antes haber abandonado la idea federalista. Intervenidas las aduanas por Chile, Bolivia vivía con el milagro de siete millones de pesos en su presupuesto. En tales circunstancias se hizo cargo de la presidencia el héroe de la revolución, general José Manuel Pando (1901 – 1905), a quien se obligó a mantener el sistema unitario republicano. Construyóse entonces el ferrocarril Guaqui – La Paz. Comercio e industria se incrementaron notablemente y la producción de estaño subió en 1900 a cerca de diez mil toneladas.

Cuando Bolivia instaló una aduana en Puerto Alonso, Brasil sintió aminoradas sus entradas por impuestos sobre la goma, que se pagaban en Manaos y Belem do Pará. En 1889, unos aventureros encabezados por Luis Gálvez proclamaron la República del Acre, con territorio esencialmente Boliviano. Hubo acción bélica y heroísmo. Los hombres de Muñoz, el vicepresidente Lucio Pérez Velasco y el ministro de la Guerra, Ismael Montes, bajaron del altiplano hacia los trópicos y sofocaron la revolución separatista. Pero el Brasil no aceptó los hechos y su canciller Río Branco declaró litigiosa la zona, reavivó las acciones de guerra, que culminaron en Vuelta de Empresa, Puerto Acre, Bahía, Riosinho, etc., y se quedó con toda esa rica región a cambio de mínimas compensaciones. Un nuevo contraste había nublado la vida Boliviana.

Gobierno liberal y guerra del Chaco

Uno de los predestinados a realizar un programa fecundo de gobierno fue Ismael Montes, el caudillo liberal, que gobernó la nación en dos períodos (1905 – 1909 y 1914 – 1917). En el ínterin, fue presidente Eliodoro villazón (1910 – 1914), y ambos se preocuparon del ejército, de la educación, de las obras públicas, de los ferrocarriles, etc. Tras el gobierno de José Gutiérrez Guerra (1917 – l920), subió al Poder otro caudillo de grandes aspiraciones y responsabilidades: Bautista Saavedra (1920 – 1925), a quien sucedió Felipe Guzmán, que entregó el mando a Hernando Siles Reyes (1925 – 1930), derrocado por una revolución militar encabezada por Carlos Blanco Galindo (1930 – 1931). Ordenado el país en su cauce jurídico, tomó el mando el presidente Daniel Salamanca (1931 – 1934), en cuyo régimen comenzó la guerra del Chaco (1932 – 1935), una sangría que causó más de sesenta mil muertos y la pérdida del territorio Boliviano del Chaco Boreal.

Esa guerra creó una conciencia de desquite dentro del orden civil, que fue utilizada por los caudillos militares. El coronel David Toro (1935 – 1937) se alzó contra el presidente José Luís Tejada Sorzano (1934 – 1935), y el mayor Germán Busch (1937 – l939), a su vez, contra Toro. Es decir, se produjo una era de caos, aprovechada únicamente en el aspecto del soliviantamiento revolucionario que deseaba modificar el pasado en poco tiempo. Busch se suicidó, y le sucedió en el mando el general Carlos Quintanilla (1939 – 1940), que hizo entrega constitucional del Poder al general Enrique Peñaranda (1940 – 1943), el cual cayó por una revolución de tipo militar encabezada por el teniente coronel Gualberto Villarroel (1943 – 1946).

Crímenes políticos deformaron las buenas intenciones de éste, que, víctima de sus errores, fue asesinado. Se realizó entonces una reforma constitucionalista y ascendió a la presidencia Enrique Hertzog (1947 – l949), quien, sin concluir su mandato, entregó sus poderes al vicepresidente Mamerto Urriolagoitia (1949 – 1951). Triunfó en elecciones la fórmula encabezada por Víctor Paz Estenssoro (1952 – 1956), a la cual negó sus derechos una Junta militar encabezada por el general Hugo Ballivián Rojas, que, al cabo de poco tiempo, cayó empujado por Paz Estenssoro en una revolución dirigida por Hernán Siles Zuazo.

Los últimos años

Comenzaba así la época de la intervención de las masas en el gobierno y la toma de posiciones de mayor fuerza que el propio ejército, de la realización de la reforma agraria, de la reforma educacional y de las instituciones del voto universal.

A Estenssoro le sucedió constitucionalmente Hernán Siles Zuazo (1956 – 1960), quien, a su vez, concluido su mandato en 1960, lo entregó nuevamente a Víctor Paz Estensoro. En los comicios de 1964 salió triunfante de nuevo Paz Estenssoro, pero su reelección no fue del agrado de ciertos sectores del país. Estalló una rebelión militar que lo expulsó del poder, siendo sustituido por una Junta Militar presidida por René Barrientos, elegido éste constitucionalmente en 1966. Al morir el presidente en accidente aéreo (1969), se hizo cargo del poder el vicepresidente Luís Adolfo Siles Salinas, quien fue derrocado en septiembre del mismo año por el general Alfredo Ovando Candía. El 4 de octubre de 1970, una subversión encabezada por el general Rogelio Miranda puso fin al gobierno de Ovando, sustituido por el general Juan José Torres que intentó llevar a cabo una política de tendencia socialista. En agosto de 1971, otra sublevación militar destituyó al nuevo mandatario, y ocupó su puesto el coronel Hugo Banzer.

En 1978, las elecciones presidenciales otorgan el triunfo al general Juan Pereda Asbún, que luego de unos meses fue destituido por el General Padilla. En julio de 1979 se llamaron a elecciones donde no hubo un ganador absoluto y se posesionó al presidente del congreso de esa época Walter Guevara Arce como nuevo presidente. En 1980 ganó las elecciones Hernán Siles Suazo que tuvo que enfrentar una aguda crisis económica y las exigencias de pagos pendientes de la deuda externa.

En 1985 se llamo nuevamente a elecciones donde volvió a ganar Víctor Paz Estenssoro. El cual a través de un decreto conocido como el 21060 logró controlar la hiperinflación, en 1989 subió al gobierno el Lic. Jaime Paz Zamora. Posteriormente en las elecciones de 1992 el Lic. Gonzalo Sánchez de Lozada gano en los comicios electorales y gobernó a Bolivia hasta el año 1997, donde a través de elecciones democráticas volvió al gobierno el General retirado Hugo Banzer Suárez que gobernará hasta el año 2002, convirtiéndose en el primer presidente del nuevo siglo.

Presidentes del siglo XX

1904 Ismael Montes 1940 Enrique Peñaranda 1971 Hugo Bánzer Suárez
1909 Eliodoro Villazón 1946 Néstor Gullén 1978 J. Pereda – D. Padilla A.
1913 Ismael Montes 1946 Tomas Monje G. 1979 Guevara Arze, Natush Busch
1917 José Gutierrez Guerra 1947 Enrique Hertzog 1979 Lidia Gueiler Tejada
1920 Junta 1948 Gualberto Villaroel 1980 Luis Garcia Meza
1921 Bautista Saavedra 1949 Mamerto Urriolagoitia 1981 Celso Torrelio
1925 Felipe S. Guzmán 1951 Junta 1982 Guido Vildoso Calderón
1926 Hernando Siles 1952 Victor Paz Estenssoro 1983 Hernán Siles Zuazo
1930 Junta 1956 Hernán Siles Zuazo 1985 Victor Paz Estenssoro
1931 Daniel Salamanca 1960 Victor Paz Estenssoro 1989 Jaime Paz Zamora
1934 José L. Tejada 1964 Cogobierno (Barrientos, Ovando) 1993 Gonzalo Sánchez de Lozada
1935 Davidi Toro 1966 René Barrientos 1997 Hugo Bánzer Suárez
1937 Germán Busch 1969 Luis Siles, Alfredo Ovando 2001 Jorge Quiroga Ramirez
1939 Carlos Quintanilla 1970 Juan José Torres 2006 Evo Morales Ayma

Las múltiples historias posthispánicas de nuestro pais son contadas en esta subsección, desde la óptica de diversos autores bolivianos y extranjeros, quienes aportaron en la generación de la memoria histórica de Bolivia.

Bibliografía

Toda la información presentada en este subtitulo es una recopilación y resumen de los textos siguientes:

• Enrique Finot: Nueva Historia de Bolivia.
• Humberto Vázquez – Machicao y José y Teresa Gisbert: Manual de Historia de Bolivia.
• José María Camacho: Historia de Bolivia.
• Porfirio Díaz Machicao: Historia Contemporánea de Bolivia.
• Alcides Arguedas: Historia General de Bolivia.
• Ciro Félix Trigo: Reseña Constitucional Boliviana.

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La Independencia

Movimientos precursores de la emancipación

Hubo una causa de tipo económico para la emancipación y otra de puro y simple descontento, con aspiración autonomista. A pesar de que los Borbones hicieron lo posible para cambiar en América cuanto hacía referencia al tráfico marítimo, y tomaron medidas liberales para evitar el contrabando, en realidad no se decapitó el monopolio. Tampoco se permitió el intercambio con otras potencias.

Las reformas apenas autorizaron el comercio directo entre América y los doce principales puertos españoles. Por lo que se refiere al Alto Perú – hoy Bolivia -, sus minerales salieron por Buenos Aires, vía Río de la Plata. Mas todos querían comercio libre, como un lema de lucha de la hora. De Europa llegaba un aliento indirecto que provocaba la rivalidad franco – británica.

Hasta que, en 1805, como si quisiera saludar al siglo XIX, apareció en La Paz Pedro Domingo Murillo empapelando los muros de las casas con pasquines revolucionados. Esta muestra incipiente de periodismo político alertó a los españoles, que detuvieron a Murillo y lo dejaron luego en libertad. Había aparecido la garra de la revolución. En Charcas actuaban en conexión la Universidad y el Foro. Acaso se hubieran desplazado a otros centros hombres ilustres de ideas libertarias. La famosa Universidad tenía que rendir su tributo de preparación y de cultura. Sin cultura no hay libertad. La Universidad había dado su aportación.

La intriga de Goyeneche, falso en sus intenciones, jugando a tres canas diferentes; enviado de la Junta de Sevilla, conviviente con José I y partidario de Doña Carlota, despejó los ánimos y los decidió. Aliados los doctores de la Universidad con los oidores de Charcas, se pusieron frente al presidente de la Audiencia, García Pizarro, y el arzobispo, Benito María Moxó y Francolí.

El Tribunal de Charcas se puso de parte de Fernando VII. De estas disensiones había de salir la Independencia. Comenzó el desorden, que obligó al presidente a detener a los hermanos Zudáñez, cabecillas de la masa. Tronó la fusilería presidencial, el pueblo se enfureció, y al grito de “Viva Fernando VII!”, apresó a García Pizarro. Alvarez de Arenales, español, subdelegado de Yamparáez, tomó el mando de las tropas para imponer el orden. Todos habían caído en el lazo de los Zudáñez. Defendiendo al rey legítimo se levantó el pueblo, apoyado por los mismos españoles. Era el crepúsculo del 25 de mayo de 1809, día precursor de la Independencia. La Academia Carolina había puesto en juego su talento liberador con patriotas de todas las latitudes del Virreinato; Mariano Moreno, que fue secretario de la Junta Revolucionaria en Buenos Aires el año 1810, Monteagudo, Agrelo, Paso y Castefli. El grupo mismo del 25 de mayo se hallaba capitaneado por Paredes, Michel, Alcérreca, Mercado, Monteagudo y Lemoíne. Luego, éstos se dispersaron para mantener la consigna; Monteagudo a Potosí, Alcérreca y Pulido a Cochabamba, Lemoine a Santa Cruz.

La revolución del 16 de Julio de 1809

El papelista de 1805, aquel que pegaba pasquines en los muros, se levantó con decisión y franqueza frente a poder español, rodeado de un brillante conjunto de hombres que luego conocieron el martirio.

Invocase la defensa de Fernando VII, como siempre, dejando para después el barrerlo definitivamente. Los conjurados de La Paz, dirigidos por Pedro Domingo Murillo, Victorio y Gregorio Lanza, Juan Basilio Catacora, el cura José Antonio Medina Juan Pedro de Indaburo y otros, dieron el golpe de mano y depusieron a las autoridades, llamaron a Cabildo Abierto y organizaron la histórica Junta Tuitiva (16 de julio de 1809). Pedro Domingo Murillo fue nombrado jefe de las fuerzas, e Indaburo su segundo. Fueron depuestos de sus altos cargos el gobernador Tadeo Dávila y el obispo Remigio de la Santa y Ortega. El documento fundamental de la insurrección americana lo constituye el Manifiesto de la Junta Tuitiva, cuyos principales conceptos son:

Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria; hemos visto con indiferencia por más de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo Y tiranía de un usurpador injusto que, degradándonos de la especie humana nos ha reputado por salvajes… Ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía. ¿valerosos habitantes de La Paz y de todo el Imperio del Perú, revelad vuestros proyectos para la ejecución; aprovechaos de las circunstancias en que estamos; no miréis con desdén la felicidad de nuestro suelo, ni perdáis jamás de vista la unión que debe reinar entre todos para ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente!

Goyeneche no amenguó sus ímpetus y persiguió esa revolución hasta aniquilar a sus cabecillas. Murillo fue hecho prisionero en Zongo y condenado a muerte, juntamente con Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, Melchor Jiménez, Mariano Graneros, Juan Antonio Figueroa, Apolinar Jaén, Gregorio Lanza y Juan Bautista Sagámaga, protomártires de la Independencia. Murillo, antes de entregarse en holocausto a la horca, repitió gallardamente: “La tea que dejo encendida nadie la podrá apagar”. Después, Goyeneche volvió al Perú, con el título de “pacificador”.

Fin del poderío español

La logia revolucionaria de la Universidad de Charcas siguió actuando, y pronto se produjo el estallido del 25 de mayo de 1810 en Buenos Aires, al que siguieron el del 14 de septiembre en Cochabamba, que nombró como jefe supremo a Francisco del Ribero; el del 24 del mismo mes en Santa Cruz de la Sierra, que envió al canónigo José Manuel Seoane como diputado a la Junta de Buenos Aires; el del 10 de noviembre en Potosí, que reconoció también a la Junta bonaerense.

La guerra tomó mayores proporciones y operó en un territorio casi ilimitado por lo extenso. Se estableció la mancomunidad de ideales, y así pronto se movieron los ejércitos auxiliares argentinos que, en número de cuatro, llegaron a los yermos del Alto Perú. Surgieron los caudillos mestizos y criollos con actos de admirable denuedo y sacrificio, derrochando heroísmo e ingenio en las llamadas guerras de guerrillas; en Ayopaya, José Miguel Lanza; en la Laguna, Manuel Asencio Padilla, secundado por su esposa, la heroína Juana Azurduy de Padilla, Tenienta coronela de la Independencia; en Tarija, Eustaquio Méndez, alias El Moto, y Ramón Rojas; en Cinti, José Ignacio Zárate; en Larecaja y 0masuyos, el cura José Idelfonso de las Muñecas; en Inquisivi y Tapacarí, Eusebio Lira; en Santa Cruz, Ignacio Warnes; en Talina, José María Pérez de Urdininea. De 102 caudillos, apenas nueve alcanzaron la Independencia en 1825.

Quince años duró esa guerra de emancipación, llena de heroísmo y de calidad viril. Pero, al cabo de la misma, Bolivia acusó el fenómeno del connubio realizado entre las razas de Iberia y el Alto Perú. Nada de lo pasado puede ser ofensivo. Con un arma absorbida al colonizador español, su idioma, hemos incorporado nuestros pueblos a la cultura viva del Occidente. Y así marchamos hacia el futuro.

La batalla de Ayacucho, el 9 de diciembre de 1824, puso fin al poderío español en Hispanoamérica. Las ciudades hoy Bolivianas, levantándose una por una, cerraron con broche de oro, en la batalla de Tumusla, el 3 de abril de 1825, su total liberación. No quedó ya sino la tarea de constituir un Estado autónomo.

La Colonia

Descendientes de tihuanacotas y de incas

Bolivia es un país de grandes alturas físicas y de hondos problemas humanos. Geografía e historia se encuentran en ella en un punto de sensacionales transacciones, en una especie de desafío irremediable confundido entre las aspiraciones del hombre y el destino que señala Dios.

Los Bolivianos de hoy provienen de razas y culturas milenarias que, en cierto momento, se han convertido en enigmas para la ciencia. Pero, indefectiblemente, pisan la tierra de unos mayores que fueron extraordinarios, que labraban la piedra y decoraban con monolitos gigantes sus ciudades, como los habitantes de Tihuanaco, u organizaban imperios con una razón que prestigiaba toda lógica y toda justicia, como los hombres del Imperio Incaico. Mientras la prehistoria y la arqueología van poniéndose de acuerdo para dar una razón valedera al pasado, el boliviano se enorgullece de ser un descendiente de tihuanacotas y de incas, es decir, de aymarás y de quechuas.

Las nuevas razas

Caído el Imperio Incaico en poder de Francisco Pizarro, que entró en su capital el 15 de noviembre de 1532, cuarenta años después del descubrimiento de América, cambió el destino de nuestras tierras y sus hombres. Vino, como en un alud, todo el gran asedio que siguió a la inmensa sorpresa del descubrimiento; expediciones parciales, búsqueda de tesoros, encuadramiento de industrias de explotación de la tierra, en fin, todo ese monstruoso desplazamiento de un continente a otro que, a la postre, dio por resultado un ordenamiento jurídico, un acatamiento de instituciones reales, una distribución especial del trabajo, un régimen para la producción a la par que un connubio de razas que originaron las clases sociales de la época actual. En verdad, el mundo se había transformado.

La Colonia se distinguió por dos fuerzas de vida; la aparición del mestizo y la mansedumbre del indio. Y en el territorio hoy Boliviano, además, por un potencial económico, la explotación minera.

Las instituciones Jurídicas

El Consejo de Indias, los Virreinatos y las Audiencias pusieron en actividad el ordenamiento jurídico de la Colonia. Súmese a ellos, en lo que a la actual Bolivia se refiere, la fundación de la Real y Pontificia Universidad de San Francisco Xavier en la capital de Charcas el año 1624, centro de compulsión cultural y de subversión política a la hora en que se determinan los hechos definitivos.

En buena parte, la vida de la institución colonial, la práctica de la justicia, la defensa de los indios por razones de humanidad y los privilegios de los españoles y criollos sobre los mestizos fueron motores de la guerra de emancipación. Los españoles trajeron, al trasluz, su propia guerra emancipadora y la eficacia de sus instituciones en bien de los hombres.

Entró en marcha, pues, en el territorio hoy Boliviano un motor humano de producción de plata en el Cerro Rico de Potosí, la urbe tutelar de América en aquella época, y la exigencia de su mayor rendimiento. Entonces el mundo ya valía un Potosí y en 1546, por provisión de Carlos I, en Ulm, este caserío recibió el título de Villa Imperial.

Se habían fundado ya en el territorio ciudades de gran porvenir: La Paz, el 20 de octubre de 1548, por Alonso de Mendoza, en las quebradas de Chuquiapu, al pie de la más bella montaña nevada de la Cordillera, el Illimani, prestigiada por sus lavaderos de oro; Cochabamba, Oruro, Tarija. Se habían realizado expediciones a los Moxos, hasta que al fin quedó consolidada la fundación de Santa Cruz de la Sierra, había surgido a la vida, con vigor y prosapia, Charcas, la culta, fundada por Pedro Anzures de Campa Redondo, con el nombre de La Plata.

Se impuso la erección de la Audiencia de Charcas por Real Cédula de 1559, cuyo tribunal se instaló en 1561.

Era un mundo en orden y movimiento. El criollo y el mestizo absorbían cultura occidental y con temor y avaricia almacenaban el razonamiento enciclopédico, atentos a los fenómenos que ocurrían en Europa, en cuyo drama España era actor de dolorosas incidencias.

La honda indígena en la rebelión

Después de dos siglos silenciosos de sumisión, los indios se alzaron, iracundos, en aras de un ideal irrealizable; la restauración de su imperio nativo.

Desde la insurrección de Cuzco en 1544, la familia de los Incas se había confinado en Vilcabamba, al norte de la antigua capital del Imperio. Su orgullo no le permitía mantener relaciones con los españoles y vivía atenta al momento trágico en que pudiera capitanear una insurrección de masas indias. Su mártir y jefe, Túpac Amaru, acusado de crueldad, fue mandado descuartizar por el virrey Toledo.

Más tarde vino la insurrección de Macha (Chayanta), cuando Tomás Catari pidió justicia y rebaja de los tributos. Catari fue preso y enviado a Potosí, pero el movimiento se propagó a Charcas, Cochabamba, 0ruro y La Paz.

Después, el mal gobierno del corregidor Urrutia y la ambición por las varas de alcalde provocaron un motín popular en 0ruro.

Los Rodríguez, criollos, rechazaban la elección de españoles para el Cabildo, arrastraron éstos a los mineros y los acuartelaron en previsión de un ataque conjunto de indios en Challapata, Poopó y otros lugares. A la voz de Sebastián Pagador, apoyado por los Rodríguez, estalló la insurrección el 1ro de febrero de 1781. Estos insurrectos mataron a los españoles de la circunscripción.

Entonces se produjo lo previsto, el asedio de los indios. En esa ocasión, criollos y mestizos tuvieron que enfrentarse en lid sangrienta con los indios hasta echarlos de la ciudad. Estalló una conflagración general, que venía del Norte con el alzamiento de Túpac Amaru, y que sublevó Tinta y sus aledaños en la región de Cuzco, y del Sur con la rebelión de los Catari, que no había sido sofocada. Pronto habría de agregarse Julián Apaza que se proclamó virrey del Perú con el nombre de Túpac Catari. Mientras el segundo Amaru sitiaba a Sorata y sembraba el terror en la villa de Esquivel, Túpac Catari puso un cerco que duró más de cinco meses y medio a La Paz. Heroica y paciente, la ciudad paceña, defendida por el brigadier español Sebastián de Segurola, sufrió todas las incidencias de esa tragedia en que pudo haber sucumbido por el hambre y la peste, amén del almacenamiento de aguas del río Choqueyapu, lanzado luego sobre la ciudad en amenazante caudal.

Cuentan los papeles descubiertos por los investigadores que la extraña topografía de La Paz se hallaba ganada por ochenta mil indios que la cercaban y hacían malones de día y de noche en afán de aterrorizarla para su rendición. Las gentes, a falta de alimentos, cocían los cueros de los zapatos y de los arcones llamados petacas para darlos de comer a los niños y ancianos, mientras la pugna no tenía esperanza de ser concluida. Al fin, Segurola y los mestizos criollos que quedaban dentro del cerco ganaron la partida, auxiliados por el coronel Ignacio Flores, que vino a 0ruro. Túpac Catari fue ajusticiado con los miembros amarados a la cincha de cuatro caballos, que partieron en dirección a los cuatro puntos cardinales.